Toni Dorta

Directivo especializado en el sector tecnológico

 

Decir que el mundo ha cambiado mucho en los últimos 40 años resulta una afirmación tan suave, que parece hasta un eufemismo. En nuestro contexto actual, marcado por la globalización y el vertiginoso avance de la tecnología, las organizaciones han cambiado radicalmente su forma de operar. Nos encontramos en un entorno en el que el flujo de información y la capacidad de respuesta son más dinámicos que nunca, pero también en el que reina una complejidad que, para muchas empresas, puede resultar abrumadora.

Por ejemplo, en la última década, las redes sociales han pasado a ser la principal fuente de información para las generaciones más jóvenes, desplazando incluso a gigantes como Google. Herramientas como Perplexity, que no solo buscan información, sino que la filtran, contrastan y sintetizan, representan un nuevo paradigma en la forma en que consumimos datos. Mientras tanto, sectores tradicionales, como los grandes medios de comunicación, luchan por adaptarse a un escenario en el que el control de la narrativa ya no les pertenece del todo.

En este panorama tan dinámico, muchas organizaciones han cometido el error de confundir el verdadero papel de la tecnología. A menudo, presionadas por la necesidad de ser más rápidas, más eficientes y más competitivas, caen en la trampa de colocar la tecnología en el centro de sus estrategias o, un error igualmente perjudicial, la dejan completamente fuera sin un análisis estratégico adecuado.

La transformación digital, sin embargo, no debería reducirse a la simple adopción de herramientas tecnológicas. Este enfoque, común pero equivocado, ignora la esencia del concepto: la transformación. Transformar implica repensar modelos de negocio, adaptarse a los constantes cambios del entorno y atender mejor las necesidades de los clientes. La tecnología, en este sentido, no es el fin, sino el medio para lograr estos objetivos.

Por ello, es fundamental recordar que, en cualquier proceso de transformación digital, las personas desempeñan un papel central. Las herramientas tecnológicas, por avanzadas que sean, no pueden lograr ningún impacto significativo si antes quienes las utilizan no han transformado su forma de trabajar y de colaborar. Esto requiere un cambio cultural profundo que redefine la manera en que los equipos interactúan, toman decisiones y se alinean con los objetivos estratégicos de la organización.

Grandes corporaciones han invertido millones de euros en iniciativas de transformación digital, pero a menudo con resultados decepcionantes. El motivo es que muchos de estos proyectos se plantean como una mera formalidad, sin abordar los aspectos humanos ni los cambios organizativos necesarios para que la tecnología impulse verdaderamente el crecimiento y la innovación.

Para las pequeñas y medianas empresas (pymes), esta puede ser una lección crucial. Con recursos limitados, no tienen el lujo de malgastar tiempo y dinero en esfuerzos que no produzcan resultados tangibles. En este sentido, este artículo busca ofrecer algo de luz para las pymes, subrayando la importancia de colocar a las personas en el centro de cualquier proyecto de transformación digital.

Porque, al final, no se trata solo de implementar herramientas sofisticadas, sino de transformar la manera en que las personas trabajan, colaboran y contribuyen al éxito de sus organizaciones. Esa debe ser la verdadera esencia de la transformación digital, y el principal camino hacia un futuro empresarial más competitivo y resiliente.

Tal como es adentro, es afuera

Una de las principales paradojas que enfrentan las organizaciones al implementar nuevas herramientas tecnológicas es que, en lugar de resolver problemas estructurales, terminan reflejando las mismas limitaciones de la cultura interna de la empresa. Este fenómeno, conocido como la Ley de Conway, plantea que las estructuras de los sistemas tecnológicos tienden a replicar las relaciones y dinámicas existentes dentro de las organizaciones que los diseñan.

En términos prácticos, esto significa que los sistemas informáticos adoptados por una empresa suelen reflejar sus propios silos y barreras internas. Por ejemplo, si los departamentos de ventas y operaciones no suelen colaborar estrechamente, es probable que cada uno termine utilizando sistemas separados e inconexos: un CRM para la gestión comercial y herramientas de gestión de proyectos, servicios o inventarios para las operaciones. Estas plataformas, aunque útiles individualmente, operan de manera aislada, reflejando las desconexiones y la falta de integración que ya estaban presentes entre las áreas que las utilizan.

Este escenario no es raro en organizaciones que abordan la transformación digital únicamente desde una perspectiva tecnológica. Cuando los proyectos digitales ignoran los factores humanos y culturales, las empresas terminan modernizando sus herramientas sin transformar verdaderamente su forma de operar. En lugar de generar sinergias, los nuevos sistemas perpetúan o incluso agravan las divisiones existentes, dificultando la colaboración y el intercambio de información crítica.

Lamentablemente, implementar un software más avanzado no resolverá problemas organizativos de fondo. Un ERP integral, que combine las funciones de un CRM y las herramientas operativas, puede parecer una solución atractiva. Sin embargo, si las dinámicas internas de la empresa no favorecen la colaboración y la alineación de objetivos, este tipo de herramientas simplemente llevarán al terreno digital la ineficiencia ya existente.

Para superar este desafío, es esencial que las organizaciones entiendan que la transformación digital comienza por transformar su cultura de trabajo. Esto implica fomentar la comunicación y la colaboración interdepartamental, redefinir procesos con un enfoque integrado y alinear a todos los equipos en torno a una visión compartida. Y es que el cambio debe ser impulsado desde las personas hacia la tecnología, no al revés.

Nuevos perfiles para nuevas necesidades

Un reciente estudio de PwC afirmaba que más del 30% de los trabajos desaparecerán en los próximos veinte años, como resultado de la inteligencia artificial y de la automatización de procesos. Aunque estas cifras puedan parecer alarmantes, la historia nos recuerda que el mundo laboral siempre ha estado en constante evolución. Hace veinte años, la profesión de Community Manager no existía, nuestros jóvenes no estaban planteándose hacerse influencers, la gente no sacaba tantas fotos a la comida y los programas de TV no tenían como principal competidor a adolescentes que hacen streaming desde sus habitaciones con miles de espectadores diarios.

Como argumentan David Alayón y Mónica Quintana en su excelente libro “Upgrade”, esta evolución implica repensar las competencias laborales necesarias para adaptarse al nuevo contexto. El desarrollo de habilidades, ya sea mediante la redefinición de las existentes (reskilling) o la adquisición de nuevas capacidades (upskilling), es un elemento clave para que tanto las personas como las empresas permanezcan competitivas.

«Los enormes avances tecnológicos nos permitirán abordar tareas de mayor valor. Labores donde las habilidades cognitivas, la creatividad y la empatía son esenciales».

El avance de la tecnología está desplazando las tareas repetitivas hacia sistemas automatizados, liberando así recursos para actividades de mayor valor añadido. Así, el personal administrativo que se limita a teclear apuntes contables y elaborar informes en Excel cada vez se ve más amenazado, a medida que las herramientas informáticas asumen estas tareas mecánicas. En cambio, el personal administrativo hoy debe ser capaz de validar datos generados automáticamente, interpretar resultados y presentar conclusiones estratégicas a la alta dirección. No solo eso, también podrá dedicar más tiempo a actividades como la atención personalizada de clientes clave o la gestión eficaz de problemas interdepartamentales. Estos cambios no solo aumentan el horizonte del puesto de trabajo, sino que también fomentan una mayor interacción humana, un área donde las máquinas aún no pueden competir.

Un caso emblemático de esta transición se encuentra también en las propias personas que dirigen los departamentos de informática. Si quien lee estas líneas les preguntara cuáles son los principales retos que tiene sobre la mesa, probablemente le hablen de migraciones de sistemas obsoletos, de una mayor necesidad de medidas de ciberseguridad o de la necesidad de tener más personal para atender las incidencias informáticas. Todo ello es relevante, pero muy pocas personas serán capaces de enumerar retos tecnológicos que estén directamente relacionados con las mayores necesidades estratégicas de la compañía.

La relevancia de los directores de informática (CIOs, CTOs,…) ya no se mide únicamente por la capacidad de mantener los sistemas en funcionamiento, sino por su habilidad para conectar la tecnología con las necesidades estratégicas del negocio. Para lograr este cambio, las organizaciones deben integrar a estos líderes en los comités directivos, dándoles un lugar en las discusiones clave sobre el futuro de la empresa. Este enfoque permitirá que los directores de TI pasen de ser gestores operativos a palancas para la estrategia, capaces de impulsar la innovación tecnológica alineada con los objetivos corporativos.

En resumen, podemos afirmar que los enormes avances tecnológicos nos permitirán abordar tareas de mayor valor. Labores donde las habilidades cognitivas, la creatividad y la empatía son esenciales. Los líderes mediocres que defendían el mantra de “no estás aquí para pensar” serán reemplazados por un mensaje que irónicamente es justo el opuesto: «estás aquí para pensar, porque la máquina ya hace todo lo demás».

Los incentivos mueven el mundo

Un aspecto crucial y a menudo subestimado en los proyectos de transformación digital es la arquitectura de incentivos que rige el comportamiento de las personas dentro de una organización. Estos incentivos, que forman parte esencial de la cultura corporativa, pueden convertirse en aliados o en barreras para el cambio. Por ello, cualquier empresa que aspire a transformarse y adaptarse a un entorno empresarial en constante evolución debe analizar cuidadosamente las dinámicas de recompensa y reconocimiento que moldean la conducta de sus empleados.

La resistencia al cambio es un fenómeno habitual en las organizaciones, y su raíz no siempre reside en el rechazo explícito hacia las nuevas tecnologías. En muchos casos, esta resistencia está vinculada a una percepción de amenaza hacia los sistemas de incentivos existentes. Un ejemplo claro de esta problemática se observa en los departamentos comerciales, donde las estructuras de compensación suelen basarse en la consecución de objetivos de ventas, directamente ligados a bonificaciones o comisiones.

Cuando un proyecto de transformación digital implica la implementación de nuevas herramientas o procesos, es común que los equipos perciban una disminución temporal en su productividad mientras se adaptan al cambio. Para un comercial cuya retribución depende de resultados inmediatos, este periodo de adaptación puede suponer una pérdida económica directa, creando una resistencia implícita hacia la iniciativa, por más beneficios que esta prometa a largo plazo.

Este tipo de situaciones pone de manifiesto la importancia de alinear los incentivos organizacionales con los objetivos de la transformación. No basta con adoptar nuevas herramientas, superar los silos departamentales o redefinir competencias laborales. La transformación digital, en su esencia, implica también revisar y ajustar las dinámicas de recompensa y castigo que existen en la organización para garantizar que estas no contradigan los principios del cambio.

Las empresas suelen priorizar resultados en el corto plazo, y esta visión puede sabotear los esfuerzos de transformación, que requieren un enfoque estratégico y la capacidad de realizar sacrificios temporales en aras de beneficios sostenidos. Esto explica, por ejemplo, por qué aunque un director general pueda alentar públicamente a su equipo a adoptar nuevas formas de trabajo y avanzar hacia el futuro, si las políticas de compensación premian exclusivamente el desempeño inmediato o el cumplimiento de objetivos a corto plazo, los empleados estarán incentivados a mantener el statu quo. Y así, evidentemente, es imposible que una organización se pueda transformar.

Conclusiones: nuevos enfoques para tiempos de cambio

A lo largo de este artículo hemos explorado tres pilares fundamentales para garantizar que los proyectos de transformación digital trasciendan la mera implementación de tecnología: fomentar una verdadera cultura de colaboración, desarrollar habilidades que potencien los puestos de trabajo en la organización y vigilar que la arquitectura de incentivos no obstaculice el cambio. Estos elementos, a menudo relegados a un segundo plano, son tan importantes como las decisiones tecnológicas en sí, porque constituyen el verdadero motor del éxito en la transformación.

Las empresas pueden llegar a invertir sumas significativas de recursos para mantenerse competitivas en el ámbito tecnológico. Sin embargo, con frecuencia pierden de vista la importancia de la dimensión humana, lo que resulta en proyectos que, aunque técnicamente exitosos, fracasan en transformar profundamente la propia organización.

Es el momento de replantearnos cómo trabajamos, cómo nos relacionamos, y cómo entendemos nuestro puesto de trabajo. Porque muchas otras organizaciones ya llevan un tiempo haciéndolo y, además, porque los avances tecnológicos les están proporcionando el margen necesario para ser una empresa más ágil, más eficiente, y con el cliente más cerca. Muchas de ellas están convirtiéndose en empresas más flexibles y, paradójicamente, en empresas más humanas gracias a la tecnología.

Es el momento de volver a poner a las personas en el centro.

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